Quieres componer música. Se te ocurren algunas melodías
simples y las grabas. Las escuchas varias veces y decides perfeccionarlas un poco,
darle una estructura y añadirle más instrumentos, tanto de acompañamiento como
de adorno. Escuchas el resultado y te gusta, te gusta mucho, y más porque lo
has compuesto tú. Ahora quieres compartirlo con los demás para que te den su
opinión. A unos les parece bien, otros no opinan y a otros no le gusta. Te
desilusionas un poco porque te gustaría que le gustara a la gente. Pero la maravillosa
discrepancia es completamente natural. Te lo tomas con calma y comprensión.
Decides montar un grupo de música para tocar tanto tus
canciones como otras nuevas que surjan del grupo, ya que quieres sentir el
tocar y componer con otras personas. Después de convencer a los que serán miembros de tu
grupo de que la idea de montarlo es buena, empezáis a quedar. Cada miembro
tiene sus gustos y prioridades y en la práctica no es exactamente lo que habías
pensado en tu idea de grupo: a unos no le gustan tus melodías, a otros no le
gusta tu objetivo, otros tienen muchos quehaceres y no tienen apenas tiempo,
y otros simplemente son, en general, de otro parecer. Pero la maravillosa
discrepancia es completamente natural. Te lo tomas con calma y comprensión.
Ahora reflexionas: ya que te fastidia que a los demás no les
gusta lo que haces, y si les gusta, no te ayudan a hacerlo; lo que
quieras hacer, por tanto, debes hacerlo sólo y no compartirlo con nadie. Y ahí podemos acabar,
porque esa es una solución al problema.
Pero tras un tiempo creando cosas y disfrutándolas tú solo, te
sientes aislado, incomprendido, denostado y olvidado. Y un buen día
vuelves a tener la inocente idea de compartir otra vez, pero ahora sólo aquello que más te gusta de lo que has creado, porque quieres ofrecer algo que seguro debe
gustar a todo el mundo. Y cuando lo ofreces, compruebas que naturalmente no es
así y, en consecuencia, la decepción es ciclópea. Sientes hastío por la
naturaleza humana.
Notas entonces que te estás desplazando, haciéndote
borroso, porque comienzas a opinar de ti mismo como si opinaras de los demás.
Es como si te estuvieras acostumbrando a observarte a ti mismo para comprobar
si lo que ves es digno de lo que tu quieres que sea; y así es. De esta forma, consigues
estar orgulloso de lo que eres y ésta se presenta como una opinión externa a
ti, ya que procede de una observación desplazada de ti mismo. Con lo cual, comienza
a surgir alguien que le gusta de verdad como tú eres y lo que haces. No te
sientes infeliz porque ese alguien seas tú mismo, al contrario, te satisface
plenamente porque es al único al que te debes en tu vida.
