Un adulto usa las destrezas adquiridas de joven, pero le resulta cada vez más complejo generar unas nuevas, pese a que en su vida las necesite. Entonces es cuando el ser adulto se alegra o se arrepiente de haber o no desarrollado esas destrezas cuando aún era joven. En gran medida, por aquel entonces, esas destrezas le eran reveladas y propuestas para desarrollo gracias a sus padres, a sus amigos más influyentes y a otras circunstancias varias de la vida.
Imaginemos un caso en particular: un adulto que siente amor por otra persona y, a la vez, sabe que esa persona quizá pueda hacerle daño, o quizá no se lo haga nunca.
La reacción natural de los seres vivos ante lo que les vaya a hacer daño es huir o, por el contrario, enfrentarse a ello. En resumidas cuentas: desconfiar y estar a la defensiva por lo que les pueda ocurrir. Y entonces, ¿cómo iba el adulto a depositar su plena confianza en la otra persona si ésta quizá pueda hacerle daño?. Súmese a esto que un adulto, cuando ama enteramente a otra persona, está “desnudo” y es, por tanto, más vulnerable aún.
Por otra parte, si el adulto no deposita su completa confianza en la otra persona, ¿cómo iba a amarla con plenitud?.
Esta situación, la cual es bastante real y frecuente, se presenta en algunas ocasiones como un sin vivir. Quizá el adulto acabe rogando a la otra persona que le prometa que nunca le hará daño, incluido el no abandonarlo (lo cual está tipificado como uno de los mayores daños posibles, junto a los engaños o el adulterio).
Algunas personas adultas pueden conocer en su interior un modo de llevar esta situación, disfrutando plenamente del amor y, a la vez, estando preparado para acometer un posible daño de la otra persona. Aunque personalmente pienso que esta situación, a la larga, no es sostenible y el adulto no podrá soportarla por siempre.
Otras personas adultas pueden no tener ni siquiera constancia de un modo de sobrellevar la situación, calificándola de imposible. Pero, desgraciadamente, en la vida, antes o después, con una cosa o con otra, se presentan nuevas situaciones en las que, análogamente, ocurre lo mismo: no hay nada seguro y sin posibles problemas.
Entonces, el adulto se plantea: ¡ojala hubiese estado acostumbrado de joven a sobrellevar lo que no es seguro, a los cambios, a lo que te puede hacer daño!. Pero, desgraciadamente, eso no es fácil de aprender cuando se es joven y, en cualquier caso, la vida, los padres o los amigos, nunca le enseñaron esa lección.
Para concluir, aunque un adulto pretenda hacer adquirir a sus hijos las destrezas que él ha considerado más relevantes en la vida, éstos, por naturaleza, no comprenderán nunca el alcance de dichas destrezas hasta que sean adultos. Por lo que, entonces, quizá sientan que ya es demasiado tarde, otra vez. Por ello, la vida de las personas, sus problemas e inquietudes, aunque pueda parecer exagerado, no evolucionan, sino que se repiten, generación tras generación. Y con ello, sus estilos de vida, su política, su cultura y, en última instancia, su existencia misma.
El hecho de que se repita no es necesariamente malo, no si la vida de una persona trata de que ésta viva sea como sea, según la mejor manera que quiera; la cual acaba siendo la de todos: vivir por y para la felicidad.
Ahora, si la vida quizá fuere una oportunidad para hacer alguna otra cosa diferente, la naturaleza del ser humano es, sin duda, entonces, su mayor lastre para llevarla a cabo. Tanto peso tiene este lastre que, al final, la vida acaba por reducirse nuevamente a lo de siempre. Y así, otra vez, volvemos a describir la vida de las personas.
FIN
2 comentarios:
Totalmente de acuerdo contigo en que la vida (o al menos lo esencial de ella) “siempre es lo de siempre”; para nosotros, para los que estuvieron antes y para los que vendrán.
Pero hay algo en lo que no estoy de acuerdo... No creo que nadie, joven o adulto, pueda “acostumbrarse” a la inseguridad, los cambios o lo que nos pueda hacer daño. Hay cosas a las que uno nunca puede acostumbrarse... Por ejemplo, si una persona de joven ha sufrido la pérdida de personas queridas, ¿llevará mejor el que, siendo adulto, se le muera su pareja, su hijo? ¿Sufrirá menos? Yo creo que no.
Yo creo que el modo en que vivimos cada situación depende de muchas cosas: nosotros mismos, nuestra edad, el momento y, por supuesto, también las experiencias vividas con anterioridad, pero todo influye, no sólo una de esas cosas. Volviendo a mi ejemplo (un tanto drástico): si a un padre se le muere un hijo, ¿sabrá sobrellevar mejor la muerte de un segundo hijo? ¿La experiencia del primero le hará menos dolorosa la del segundo?
Por otra parte, creo que el aplicar las experiencias anteriores a una situación puede ser “peligroso”. Volviendo a tu ejemplo de alguien con miedo a que le abandonen... Si ya le han abandonado una vez antes, ¿cuál será su actitud ante una nueva relación, basándose en esa experiencia previa? ¿Resignación ante el pensamiento o sentimiento de que puede que le vuelvan a abandonar? Eso podría dañar mucho a esa pareja, si la otra persona no tiene el pensamiento ni la intención de abandonarle nunca. ¿No pensarlo, porque ya una vez lo pensó y le salió mal? Entonces podría ser más duro el golpe si la otra persona verdaderamente lo abandona. ¿Darle diez besos cada día a su pareja porque la que lo abandonó lo hizo porque no le besaba suficiente? Quizás a la nueva pareja justamente lo que le agobia son tantos besos.
En definitiva, no creo que el haber vivido una experiencia pueda hacer, por si solo, que no tengas miedos e inseguridades, seas adulto o no. Creo que lo único que da la madurez, la experiencia, es una consciencia de que “todo pasa” y “todo puede pasar”, de donde se puede obtener serenidad (si se pone empeño en obtenerla...). Eso sí, estoy de acuerdo contigo en que eso es algo que, aunque un adulto intente transmitírsela a su hijo, sólo puede adquirir cada persona con su propia experiencia vital, aunque el considerar que una vez que se ha adquirido ya es demasiado tarde, supongo que depende mucho de cómo se quiera mirar: si se llega a obtener, seguramente haya sido, en parte, por todo lo vivido en lo que no se aplicó; en ese caso, no creo que fuera tarde, simplemente sería el momento.
Hola Laura, después de casi 4 años te respondo, ya me vale :-S Pero bueno, nunca es tarde si la dicha es buena...
Yo creo que todos nos podemos acostumbrar a la inseguridad, a los cambios o a lo que nos pueda hacer daño. Cuando estas situaciones de inseguridad, cambio o daño se repiten tantas veces, el cuerpo se acostumbra a lo que sea, se va haciendo cada vez más inmune. Evidentemente es muy duro, pero creo que el cuerpo se adapta.
Lo malo es la alternancia demasiado larga entre lo deseable y lo dañino (lo cual ocurre en la gran mayoría de los casos), ya que siempre te está haciendo daño lo dañino y cuando el cuerpo intenta acostumbrarse, la situación se torna agradable y al cuerpo le cuesta mucho trabajo acostumbrarse así.
Estoy de acuerdo contigo en lo que dices acerca de la experiencia y su caracter "preligroso". La experiencia es habitualmente sobrevalorada, condiciona mucho para tus actos. Realmente la vida es tan compleja que la experiencia de una persona solo dibuja parte de esa complejidad, con lo cual la experiencia no es suficiente para determinar tus actos. Lo que hay es que prestar atención al presente, a las personas sin prejuicios y razonar.
Precisamente la experiencia y su justa valoración da la serenidad que has dicho.
Coincido también en lo que dices sobre si es tarde o no para aplicar una experiencia, depende de muchas cosas. Yo me refería a que no se puede aprender una experiencia sin haberla vivido, y por ello, cada persona parte siempre de cero y necesita tiempo y también azar para aprender ciertas cosas de la vida.
Saludos Laura y gracias por el comentario!
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